viernes, 30 de diciembre de 2011

Dentelladas

Eres como un animal
que sacude mi casa,
furioso, que jadea en la puerta,
eres como un animal
que no entiende de formas
ni maneras,
sólo impulsos, eres fiera
golpeo hasta que derrumbe,
desgarro hasta que se muera.

Eres como un animal
que trata de abrir una puerta.
Con la fuerza por delante
que no atiende a razones,
siempre lo que yo quiera,
a rabadas y soplidos
a culadas, dentelladas
sólo aullidos
de temores y tristezas.

Eres como un animal
Tú no amas, vociferas,
resoplas, entre dientes
maldices,
planeas.

Desconfía aunque te duela.

La hiel te llena la boca,
el odio las cicatrices,
murmura, impaciente
aturdes,
peleas.

Eres un animal
eres una fiera
asedias, atacas, deshuellas
todas y cada una de las presas
que imprudentes se te acercan.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Despistes frecuentes

Breve reencuentro, ha sido breve releer una a una las palabras de tu alma. Me ha sabido a poco, porque poco es lo que te he dado, tangible, real, nada, todo etéreo humo, todo castillos de nubes, de naipes que destroza el viento, el tiempo.

Me duele saberme confuso, tener la certeza de no entender nada en absoluto, estar tan perdido que sólo puedo saber dónde me encuentro, donde no estoy.

Hay tantos caminos, tan diferentes, todos tienen hermosos portones, cubiertos de flores, de musgo, con esas filigranas en sus verjas abiertas de par en par, todos parecen eternamente mejores que tener los pies enfangados en tierra estéril, muerta, pero no sé qué se esconde tras esos portones, en esos caminos, si también hay fango al borde del sendero, no sé qué se esconde detrás de mis ideas, cada vez más negras, más oscuras, no sé si es buena idea determinar una nueva ruta o sentarme en una piedra fría a esperar que el helor me deshaga los huesos, me agote, me duerma, me duela. No creo que esté en condiciones de decidir nada ahora mismo.

Voy cultivando rosales allá por donde piso. Adoro ese aroma que desprenden los amores que quieren florecer, sus letras, sus canciones, su complicidad… adoro que tengan espinas, que se hinquen bien en la piel, que duelan, adoro esa belleza que tiene el color carmín de la sangre que resbala por la yema de los dedos, ese saborcillo metálico que tienen las heridas al lamerlas, dejando que la sangre se escabulla entre las papilas.

Me embriaga el aroma de la tierra mojada cuando se rompe, cuando empiezan a brotar, a germinar las semillas, hundir las manos en ella, dejar que toda la humedad, la vida, me arrugue la piel, transmitiendo cada partícula de vida, enraizándose en mis huellas dactilares.

Pero no sé volver sobre mis pasos, no sé donde han ido a parar esas semillas, ni tengo más agua ni lágrimas para regarlas. Me he secado tantas veces que creo que tengo las vísceras cuarteadas, y empiezan a quebrarse, como las hojas secas cuando las pisas al caminar, las oigo crujir aquí dentro.

Y quisiera saber cuantos caminos desembocan en jardín, cuantos de ellos no se han marchitado esperando el raudal de lluvia fresca que les trajo las semillas, quisiese ver qué fue de los jardines en flor, de las enredaderas verdes, frondosas que dejé antes de irme, si sólo quedan espinas, ramas secas y la humedad de los muertos, negra, gris, marrón, el olor a moho en las paredes.

No pueden florecer todas las rosas, ni oler a vida sin un riego constante, no puedo pretender dejarlo todo a merced del clima, pues el clima es aún más cambiante que mis propias inseguridades, es más cobarde que mis miedos, más traicionero que los odios y rencores, el clima es un estado de ánimo más, pasajero del viento.

No puedo afrontar todo lo que he hecho antes de verme aquí metido, hasta las rodillas en un barrizal, no puedo recordar cuantas esperanzas habré destrozado sin proponerlo, cuantas promesas han hecho mis ojos sin consultar antes a mis labios, a mis entrañas, ni tan si quiera puedo expresarme con claridad cuando hablo de todos los caminos, de todos los jardines que he paseado, pisoteado, porque no hay claridad alguna que me alumbre ni conciencia de haber estado en tantos lugares entre tantas flores.

He cerrado los ojos un momento y me he dejado llevar hasta tus palabras esta noche, supongo que es un buen comienzo, vislumbrar algo más allá de mis narices, y he visto una puerta cerrada, con enormes candados, con cadenas enormes. Un cartel de prohibido el paso si no vas de puntillas, prohibido entrar a ras de suelo, no pisar las plantas.

He visto entre los tablones de madera de la enorme puerta que regalabas rosas a otros labios, rosas que yo planté, palabras que hiciste tuyas sacándolas a lengüetazos de mi garganta, y me he sentido bien, dolido, pero en calma, lamiendo las heridas con ese sabor picante, metálico, que tiene la sangre que resbala por la yema de los dedos.

Quisiera poder volverme humo etéreo de nuevo, poder colarme nuevamente en esos jardines sin saberlo, en esos caminos, sin dejar huellas, sólo subsanar el mal que hice al olvidar regar las plantas, al dejar morir las alas de mi alma, al dejar creer que habité allí sin jamás haber estado.

Hoy me empeño en volar y no puedo levantar los pies del suelo, del barro, hoy quiero llorarme, hidratar mis entrañas, pero los líquidos se escurren entre las rendijas que ha dejado el tiempo. Hoy quiero compadecerme, sentirme mal por lo que he hecho, pedir perdón por haber descuidado a tanta gente, a tantas cosas, pero sigue satisfaciéndome saber que un día llené de luz alguna vida, saber que sin proponérmelo sembré rosas, jardines, olores.

Soy un pobre duende ególatra, presumido, que se sabe bueno, que se sabe deseado, y soy tan estúpido como el que más. Desprecio, detesto al género humano, pero me rozo, me mezclo, me engancho a la droga del romance banal, de dar alas a la esperanza con un parpadeo lento o un guiño rápido. Hoy quiero despegar para arrodillarme ante ti y besar tus heridas, pero mañana ya lo habré olvidado, igual que olvido que me miraste con lupa, de cerca, que me buscaste las escamas, las orejas puntiagudas, shhh. Lamento mis despistes, van implícitos en mi condición de duende, no son malintencionados.

Breve reencuentro con lo que un día olvidé, que me ha hecho recordar que caminar en círculos me ha dejado clavado por las rodillas. Breve reencuentro con esa paz, con esa luz, con las palabras. Lamento volver a desaparecer, pero no puedo estarme quieto sin saber dónde me encuentro.