lunes, 16 de julio de 2012

Bailando


He bailado hasta que me sangraran los pies. Descalza y de puntillas. He bailado con las zapatillas cubiertas de resina para deslizar lo justo y necesario. Al compás, a destiempo... Y voy a seguir bailando.

Quiero extender los brazos y sentir el vacío alrededor, ser funambulista, bailar sobre la cuerda floja. No tener que alzar la vista para alcanzar mis deseos, no tener que bajarla, para no recordar el suelo.

Dos extremos que se tensan, que se vuelven a acercar. Equilibrio, concentración, silencio. Una vez se calcula el rumbo la música debe volver a sonar. Mirando a un punto fijo, para no perder el centro.

El vértigo lo siente quien tiene miedo a caer. A mí no me asusta la caída libre, ni el aterrizaje, sólo me importa volver a remontar el vuelo, volver a las alturas disfrutando del ascenso a cada aleteo.

Todos sentimos pánico alguna vez, sí, ante lo incierto, pero cuando ya has saboreado el barro del suelo, cuando sabes que el lodo es simplemente lodo, ya no hay nada que temer.

Pensé que tras derrumbarme mi propio sobrepeso partiría mis tobillos, pero se han hecho más fuertes, para soportalo, para soportarme. Así que ahí vamos, soltando lastre poco a poco, alzando el vuelo, firme, feliz... fuerte.

Saltar de una tecla a otra, de nota en nota, de cuerda en cuerda. Dejar fluir los movimientos como si el viento tuviese rumbo predefinido. Un compás predestinado para cada hoja que cae, para cada cuerpo... improvisar un pasado sobre el que volver los pasos.

Mi sueño siempre fue bailar a toda costa, y se rompió, como muchos otros, como los de todos. Pero he comprendido que no hay pegamento más resistente que la propia voluntad. Así que, que no pare la música, que no apaguen la luz. Puede que no haya pista, escenario, ni aplausos, ni los necesito.  No quiero miradas fijas en mí, no quiero público, simplemente el cuerpo me pide seguir bailando :-)

jueves, 5 de julio de 2012

Introspección


Últimamente oigo mucho hablar de introspección, de hecho, me lo han recomendado fervientemente aquellos que me creen o me saben errante. Pues bien, sí, está bien mirar hacia dentro, conocerse a uno mismo, pero esto no se puede hacer sin echar antes un vistazo a tu alrededor.

Lo primero que he mirado es de qué clase de gente me he estado rodeando últimamente, los que están por accidente (a veces fortuito) y los que yo he querido que estén, los que han decidido irse y a los que he invitado a marchar.

Después he analizado mi familia, mi “historia” para comenzar a ahondar en mi cabeza, para conocerme un poco mejor, para saber si lo que hago está bien o mal, según mi propio criterio. Ese es mi objetivo, conocer mi criterio con esta introspección.

Como en todas las familias, hay cosas que es mejor no recordar, otras que es mejor no olvidar.
Aquí, en el seno de la familia es donde comienza a darse forma al individuo, pero somos un molde que, aunque destinado a llenarse, tenemos pequeñas marcas únicas que nos caracterizan. Una misma dosis, un mismo contenido en distinto continente nunca tomará la misma forma, nunca será igual. Y es por eso que no hay dos personas iguales, ni tan si quiera los hermanos, que han crecido con los mismos valores inculcados, ven las cosas desde el mismo ángulo.

No podemos quedarnos con nuestro punto de vista. Puede que a mí me apasione el color azul y odie el amarillo, pero he de admitir que combinados crean un contraste muy interesante, por poner un ejemplo. Tendemos a pensar que nuestra opinión es no sólo más valiosa que la de los demás, sino que es la única válida, y bueno, en parte es así, sólo nos vale nuestra opinión, nuestro punto de vista, pero este debe de poder cambiar de tanto en tanto, sobre todo para poder ver las cosas desde el pellejo de los demás. Sobre todo si pretendemos seguir teniendo con quien compartir nuestra opinión.

Tendemos a infravalorar los esfuerzos de los demás y a magnificar los nuestros, todos, aunque sólo sea dentro de nuestras cabecitas, y bueno, es lógico, nuestro esfuerzo nos ha supuesto eso mismo, un esfuerzo, el de los demás no lo hemos sudado, no lo hemos padecido. Y no es más dolor el nuestro que el de otros, pero lo sentimos con mayor intensidad.

Y bueno, llegado a este punto, he intentado mirar hacia dentro, ponerme frente a un espejo (ahora me imagino bizcando los ojos, jeje, estoy bastante cómica con esto de ponerme profunda), y lo único que saco en claro es que lo justo es ser capaz o al menos intentar calzarse los zapatos de otros, subirnos a unas calzas, o ponernos de rodillas, inclinarnos los grados que sean necesarios, entornar los ojos, abrirlos bien, ponerse gafas con otras dioptrias. Tenemos que ser capaces de apreciar lo que otros opinan, en su justa medida, en la medida que nos importe esa opinión, esa persona, y por lo tanto valorar la nuestra por encima de las demás. Pero esto no significa ser inflexible, esto significa querernos como podemos querer a un hijo, cuidarnos, cultivarnos, dejarnos caer de vez en cuando, y dejarnos crecer con la experiencia de los demás, para que la nuestra sea más rica, más completa, más versátil.

Debemos desvivirnos por quien nos importa, subirnos o rebajarnos a su nivel, siempre que siga importándonos. Y antes de pasar al odio, a la indiferencia, pedirles que se ponga en nuestro lugar. "- Te cambio mis zapatos." Dependiendo de si están dispuestos o no, únicamente con ese criterio, determino quien sí y quien no está en mi lista de prioridades.

Todos cometemos errores, todos olvidamos algo, o le damos más importancia de la que tiene, pero somos todo lo que hacemos y decimos, somos como somos y no nos faltan razones. Razones para sentirse orgulloso, en cualquier caso.