jueves, 23 de noviembre de 2017

Gigantesco

Lo he intentado. Mil veces, de mil modos. Con todas mis fuerzas. He intentado acallar ese rugido feroz, aterrador que resuena en mi cabeza.


Lo he intentado porque me lo pide, al grito de “mátame”, dentro de mi cabeza, pero no se deja atrapar.


Es una bestia esquiva; gigante, pero con gran mimetismo. Se esconde. En cualquier rincón reaparece, ronronea y deja ver sus dientes, con actitud indiferente ante el pavor que sabe que provoca.


Cuando me acorrala, cuando me sabe bien enredada entre las cuerdas, se regodea, juega conmigo, su presa, me pasa de una zarpa a la otra, me deja suspendida, pendiendo de un hilo, como un yo-yo, viendo acercarse el suelo, temiendo la caída, temiendo la sacudida de todos mis huesos, para detenerme ahí, a milímetros del suelo. Y me deja ahí, oliendo la tierra, el sudor. De vuelta para arriba me voy acercando a sus colmillos, blancos, muy blancos y afilados. Son tan blancos que toda la luz, la poca luz que deja en mi cabeza, es reflectada con tanta intensidad que no deja ver nada más, sólo el miedo, que no necesita ojos para ser visto.


A veces juega a dejarse cazar, porque sé que para ella es un juego, y cae en mis trampas rudimentarias. Se enreda en el espino, y duele. Cada paso que da, cuanto más profundas entran las espinas entre sus escamas, perforando su carne, más me retuerzo yo, cada punzada me atraviesa, me desgarra, mientras ella clava su mirada en mis ojos, fría y muy serena, desafiandome, y grita:
  • mátame, mátame hoy, si es que puedes. ¿No? Tal vez mañana.


Y se libera con la misma facilidad que entró, y desaparece, despacio, sin prisa.


Cuando duermo se cuela en mi cama. Sale de mi cabeza y me abraza, tan fuerte que no me deja moverme. Me paraliza, y me habla.


  • Escúchame ahora, no puedes hacer otra cosa. Sólo puedes oír mi voz.


Me susurra en el cuello y pasea su lengua fría y húmeda entre la clavícula y la mandíbula sin que me pueda mover.


  • Hoy. Mátame hoy. Mírame, no pienso moverme de aquí, no voy a escaparme ni moverme de tu lado. Sólo tienes que levantar los brazos…


Intento balbucear, aunque sé que no hace falta, porque oye todo lo que pienso. Sabe que no puedo. Y con una carcajada se vuelve a esconder en mi cabeza, para poco después liberarme de su parálisis, dejándome de nuevo sola, helada e impotente.

Me tiene atrapada, soy presa fácil. Siendo sincera, tampoco me he esforzado por huir. Nos tenemos la una a la otra, aunque nunca está cuando la soledad, el vacío lo llena todo. Es un juego al que olvidamos poner reglas, y sin parámetros mi fiera campa a sus anchas, cautiva en mi cabeza, sin límites ni barreras que le frenen para cometer abandono. Tu ganas, yo te pierdo. Este síndrome de Estocolmo merece menos escenarios y más melodías. Debería dejar de sonar siempre igual. Debería de dejar de ocurrir en cualquier parte.


Debería dejar de soñar siempre igual.


Conozco su punto débil, sé cuál es su talón de Aquiles, pero nunca, nunca logro alcanzarlo. Y aunque lo tuviese delante, me vería incapaz de asestar el golpe.


Aún recuerdo cuando sólo era una cría inofensiva. Aún recuerdo cuando la creé. Parecía tan buena idea… Me encariñé de ella, de él, y aprendió a alimentarse sola, de miedos, de vivencias, de sueños. Comenzó a tragarse todo lo que llegaba a su jaula, hasta que se comió la jaula, y empezó, caprichosa, a merodear por todas partes, eligiendo qué le venía en gana, qué se le antojaba. Y se hizo grande, inmensa, incontenible, un ser hermosísimo, perfecto, majestuoso. Se convirtió en la fiera que es hoy, aunque con los años su perspicacia ha ido en aumento, y supongo que como toda criatura que ha crecido cautiva, una vez se ha visto liberada, odia y ama a su captor. Como ese síndrome de Estocolmo que el lado consciente conoce y detesta, y trata de arrancar de sí misma acabando con el causante del mal.


Todos los hijos pensamos en algún momento de la vida, que nuestros padres nos han privado de ciertas libertades de un modo injusto, egoísta, sin tener en cuenta las que, creemos, son nuestras necesidades, bien de socializar, bien de expresar, experimentar… volar (enormes son sus alas hoy). Y bien es cierto que muchos padres imponemos restricciones basándonos en lo que creemos lo mejor para el desarrollo de nuestros retoños. Aunque muchas veces nos mueve más el miedo a su fracaso, a su dolor, que un pensamiento racional, que como especie, como ser, nos ayuda a evolucionar. Deberíamos de dejar cometer más errores, dejar suceder las caídas, físicas y emocionales, y que sea la fortaleza propia la que decida si enseña o mata. La confianza depositada en ellos puede ser el mejor escudo que les podemos regalar, de por vida.


Mi criatura era pequeña, yo la creía tan débil, tan incapaz de sobrevivir por sí misma, que quise tenerla resguardada, a mi lado siempre, para cubrir todas y cada una de sus necesidades. Eres fruto de mis miedos, me perteneces y he de cuidar de ti. Nunca reparé en el detalle de que hay necesidades más allá de las básicas, y más allá del afecto "maternal". Nunca la dejé expresarse, como se expresa un niño pequeño, moviendo libremente todo el cuerpo. Nunca la dejé caer, equivocarse, aprender de sus errores, y así pospuse también mi propio aprendizaje, pagando hoy de golpe todos y cada uno de los errores cometidos en ese periodo. Ella, él me guarda rencor, y yo también me lo guardo, y eso, en parte, aún nos mantiene unidos.

Mi pequeña criatura es, básicamente, mi monstruo particular. Algunos lo guardan en el armario, otros bajo la cama, o en lo profundo de la oscuridad de un pasillo, de una calle, en unas manos que no quieres que te vuelvan a tocar… todos tenemos uno, o muchos, y cada uno lo guardamos donde más nos aterra. El mío, éste en particular, está en mi cabeza (y en unas manos, y en una calle, y en lo alto de un balcón, y en un gatillo, un grillete, una ola enorme... En las mentiras que son pronunciadas con total impunidad y con mil excusas camufladas de culpabilidad... Yo, culpable siempre.).


Todos los monstruos tienen un punto flaco, algo que les otorga la categoría de lo que en esencia son, seres vivos. Vivos porque habitan en nuestras cabezas, o en nuestros corazones. Vivos porque nacen y crecen. Vivos porque se reproducen con gran facilidad, una y otra vez, por mitosis, por esporas, incluso se violan entre ellos, engendrando más y más miedo, y odio, y asco. Pero todo lo que está vivo puede morir… igual que muere el amor o el cariño, si es que alguna vez estuvo vivo. La luz también muere, se apaga, no sólo al cerrar los ojos.


Mi monstruo es, como todos los demás, etéreo, pero a su vez tan real que puedo sentir todo su peso desplazándose de un lado a otro de mi cabeza. Puedo sentir cómo me asfixia cuando sale y se sienta sobre mi pecho, o sobre mi cuello. Es como una carga que decide hacia dónde ha de virar mi vida, juega con mi equilibrio, me hace caer con frecuencia. Creo que lo tiene todo planeado, tan calculado, que me atrevería a decir que su vida (y la mía) gira en torno a su magnífico plan. Como una obra de teatro, o de circo. Un espectáculo perfectamente programado y coordinado para que nada, absolutamente nada esté fuera de control. Tiene su margen para la improvisación, claro, pero conoce demasiado bien a los participantes; artistas, público, maestro de ceremonia, escenario, como para saber que nada de lo que allí se improvise puede cambiar el rumbo de los acontecimientos programados.


A veces desaparece un largo periodo de tiempo, dejando ver sólo algún guiño entre sueños para que sepa que es una libertad tutelada. Quiere que sepa que me da margen para que me relaje. Quiere que baje la guardia, pero sin olvidarme de nuestra estrecha y maltrecha relación.


Algún día vendrá a por mí de nuevo, pero estaré bien preparada. Alguna vez dejará un cabo suelto, confiada, por una vez me mirará ella a mi al fondo de los ojos, de nuevo, y me oirá decir “Mátame. Tú a mí. Hoy, aquí y ahora”. Sé que dolerá, que se ensañará con todos y cada uno de mis miedos, es muy sádica y ya no tiene alma, sé que hará jirones cada rincón de mi cabeza, deshilachando poco a poco todo lo que me importa, cada parte de mí, todo lo que tengo, todo lo que soy. Y jugará con las piezas de su festín sangriento, se bañará en los fluidos de mis entrañas, en mis recuerdos, mientras me mantiene aún con vida, sólo un poco más, por diversión, por rencor, por haberla tenido presa, por haberla liberado, por dejarle existir.


  • ¿Tienes miedo? Claro que tienes miedo.
  • Sí, sí lo tengo.
  • Me temes.
  • No, no te temo, me temo a mí.
  • No, no es cierto, me temes a mí, a todo esto.
  • También, por supuesto. En el fondo es lo mismo.
  • Lo mismo da ahora.
  • No, no es eso. No es mi final. Aún no. Esto no acaba aquí, ni ahora. No para mí.
  • Esto acaba aquí para los dos. ¿Es que no te das cuenta? Pienso acabar conmigo, y eso va a matarte. Tú ya no puedes ser sin mí.
  • Estás confundida, Eres tú quien depende de mí. ¿Dónde vas a vivir si me matas? ¿Quién va a cuidar de ti si yo no estoy para alimentarte? Efectivamente, estamos unidos, pero yo sí puedo seguir adelante si mueres.
  • Yo vivo en tu recuerdo. No puedes matarme y olvidarme. No sabes cómo. Si desaparezco de las sombras, volveré en las luces. Voy a formar parte de ti siempre.
  • Tienes razón, siempre serás parte de un recuerdo que habitó en mi cabeza, pero yo puedo elegir cuándo, dónde recordar. Y hoy, hoy he decidido llenar cada vacío, iluminar cada rincón, no pienso dejarte hueco, no puedes escapar siempre. No, si no tienes dónde guarecerte.


Sonó un estallido, minúsculo. Todo se llenó de luz… y luego de oscuridad. Todos y cada uno de los recuerdos salieron despedidos, se esparcieron por la habitación. Y todo se redujo a nada. Todo se llenó de todo. Ah, qué bien suena la risa de los niños cuando es sincera.


Corría el aire, daba portazos por toda la casa, nadie oyó nada fuera de lo normal, nadie vió nada. Sólo una sombra pasar, ventana abajo, hasta caer al suelo y deshacerse en un charco.


Por fin hay silencio, hay paz, luz... Todo llega. Abriré la puerta a cada alimaña, le daré de comer, le dejaré crecer, marcharse, y la recordaré por siempre. Como algo hermoso que sucedió, que me engañó de nuevo, que me enseñó algo nuevo… pasajero de un viaje impredecible a bordo de los más oscuros pensamientos. Todos, todos los monstruos son bienvenidos. De todos me llevaré algo. De ti, un brillante colmillo extraído del día que entre tus fauces trataste de darme fin, de acabar contigo. Llevaré por siempre tu cicatriz, oculta en mis entrañas, que dolerá los días de lluvia y me harán recordar que un día fuiste parte de mí. Adiós, fierecilla. Debemos seguir avanzando. Despliega tus alas, yo coseré las mías con las plumas que vaya dejando cada pasajero. Adiós, te libero.

Todo tiene principio y final, hasta los miedos.

jueves, 1 de diciembre de 2016

El camino

Sé que hay una casa al final de ese camino desolador, sé que hay un hogar. Reconozco cada piedrecita bajo mis pies. He pasado tantas veces descalza que, al pisar de nuevo esa tierra, quebrada por la falta de agua, siento conectarse a mi piel las viejas raíces que eché cuando todo era exuberancia y vida. Recuerdo esa casa.

Recuerdo cómo se llega. Voy a quitarme los zapatos para no herir la tierra, para que cada cristal, cada espina, encuentre tambien de forma certera en camino, su propósito, y corten mi piel. Que la sangre fluya libremente y empape este suelo, que lo llene de vida otra vez. Pasaré muy despacio, pero sin titubear.

Mis pasos han de ser lentos, pero sin rectificar el camino. Cada elemento que hay en él vale la pena ser recorrido, y dejar que te hiera. Dejar que te arañe la piel cada uno de sus espinos, que penetren tan profundo que destrocen cualquier coraza, que lleguen al centro de la mismísima alma. Y así, libre de todo lo externo, de lo físico y terrenal, llegaré al portal de piedra que se esconde tras esas ramas.

Voy a llegar a ese portal, tiznado de hastío, negro de no haber querido evitar ni uno sólo de los incendios. Voy a volver a tocar esa piedra fría y raída, pero no con la piel. Voy a dejar por el camino todo lo superfluo y terrenal, todo lo que no necesito en esta casa. Dejaré que el alambre de espino me abrace, que me de su bienvenida, que me quite todo el abrigo, cada capa, cada piel, para sentir el frío.

Quiero sentir ese frío otra vez, que arraigue, que congele cada pedazo de carne muerta, quiero sentir ese frío que quema, en el centro de mí misma. Y notar cómo sube por la garganta, desde mi pecho, esa fuerza que nos da la muerte como ventaja cuando se sabe victoriosa en la carrera.

Y así, con esa fuerza en la garganta llamaré desde la puerta, sin tocar ni un sólo elemento de su frágil arquitectura, para que sea mi grito hueco, frío, quien derrumbe el umbral. Voy a entrar como el viento, una vez más. Y sin ser vista me haré sentir, como siempre, abriendo y cerrando las ventanas, colándome en cada estancia, por debajo de las puertas, levantando el polvo aferrado a los muebles. Voy a entrar como siempre, como el viento, sin ser invitada.

Yo conozco ese camino, conozco esa casa, y su valor. Me he perdido en él, en ella, tantas veces. Podría decir que viví ahí, que vivo, como el aire viciado de su buhardilla, como las notas de cuando hubo música tras sus paredes. Yo conozco esa casa, viví allí. La he sentido mía, aunque nunca fuese invitada.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Ausente

Hoy me ha desvelado un recuerdo. Estabas ahí, de vuelta, como si nada, como si todo. Como cuando éramos pequeño, pero sin el miedo en el cuerpo.

Me he puesto a recordar todo lo que no ha ocurrido y he tenido que pasar lista de las ausencias. Todo en orden, todos siguen sin estar.

Es agotador recordarlo todo, hasta lo que no ha sucedido.

Aún así, me quedo como estoy, donde estoy. Y es que prefiero estar con quien yo he elegido, antes que no estar sola. Quédate donde estás, donde no vayas a estar.

Algún día me olvidaré de que está permitido olvidar.

sábado, 8 de marzo de 2014

Caminos

Como un libro abierto, llegas a mí, sin proponértelo. Cada una de tus emociones ha erizado mi piel, a pesar de que tus lágrimas no llegan a rozar mi hombro, de que tu risa no contagia a la mía. He reído y he llorado contigo, por ti.

Hay personas que son como pequeños transmisores, que emiten  en una frecuencia muy peculiar todo aquello que ronda por sus cabezas. Quizá no sea lo más correcto escuchar algo tan privado, pero a veces es inevitable encontrar la frecuencia exacta, oír. Hay a quien le agobia saberse tan comprendido, hay a quien le alivia no estar solo. Prefiero mantenerme al margen y acudir sólo cuando he sido invitado a escuchar.

Como una canción, resuenan en mi cabeza, ta tan tan tan... compases tan conocidos que parecían compuestos por el mismo que escribió mis latidos. Hablamos de cielos y alas rotas. Pero nunca nos alzamos en vuelo. Anclados al miedo de no saber aterrizar de nuevo.

Como una foto en el techo. Tanto tiempo mirándola aprendes a ver más allá, incluso percibes los olores de la luz, la dirección del viento, o quién tomó la foto, quién había detrás. Tanto la acabas conociendo que, por un instante olvidas que no estabas allí. Nunca he estado, pero te recuerdo tanto.

Hay quienes hablan tan claro que la voz te perfora el oído. Otros hablan bajo. Tú tienes el timbre de voz exacto, el volumen correcto, pero a veces te escucho y no eres tú quien habla. Alguien se ha colado en tu emisión, interferencias. No es que no quiera oír lo que quieres decirme, es que no hablas tú, y por eso dejo de escuchar.

Como los recuerdos de cuando éramos niños, que llega un punto que los vemos desde fuera, pero aún así, seguimos escuchando nuestras risas o sintiendo los chichones. Aún podemos notar el sabor de las galletas, o el olor de las ceras, aunque no hayamos vuelto a comer dulces, ni colorear.

Hay momentos que miras atrás y duele, duele mirar hacia delante y no ver esos recuerdos. Hay momentos en los que miras y ves todo con la luz que debe tener, percibes la sintonía de lo átono. Las sombras se tornan claras, los destellos fugaces se apagan y lo comprendes todo. Hoy por hoy no es necesario comprender, sólo mirar el suelo que pisas, iluminando, acompañado, con todo aquello bueno que nos hayan podido dar.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Hora de dormir...

Ha llegado la hora de dormir, y Héctor elige su cuento, prepara la cama y abre bien las orejas, mientras, lentamente, se le cierran los ojos.

Él es un caballero, que monta a lomos de su dragón; porque hasta éstos, cuando te esfuerzas en conocer, son buenos compañeros de vuelo.

Junto a él salva a príncipes y princesas, a niños, a ancianos, a buenos y a malos... normalmente, de ellos mismos.

Todos merecen ser salvados.

Tras un largo día recorriendo los bosques, se acurrucan juntos, para hacer repaso de sus trofeos. ¿Cuántas sonrisas fueron hoy? Abramos el cofre... y tiremos la llave al fondo del mar.

Ahora es bucanero, y recorre los mares, gota a gota, buscando tesoros escondidos. Perlas brillantes, canicas, doblones, y algún que otro cachivache, tan brillante como insólito.

Todo tiene valor, según cómo se mira.

Éste viaje tampoco lo hace sólo. Le acompaña el mar, el sol, sus peces, y si se distrae demasiado, hasta las estrellas. No son muy habladores, pero eso no importa, ya habla él por todos.

Ahora está en casa, es un gran chef, y ha preparado una deliciosa sopa de tomate con jamón para papá y mamá. Miran una peli de dibujos los tres juntos en el sofá, justo después de recoger la mesa.

Todo gran héroe merece un poco de sosiego, y una cena calentita en buena compañía.

Sigue soñando con que es bombero, porque son valientes, y tan listos como fuertes... y aún más buenos.
Además, alguien tiene que bajar a los gatos de los árboles.

El mundo, poco a poco, se empieza a mover. ¿qué pasa? El cuento ya se ha acabado, y vuela en brazos, con su dragón, y se sumerge en la cama, arropado por todo el cariño que sólo él, sólo los niños son capaces de dar.

Es hora de descansar, y Héctor ya ha elegido su sueño. Esta noche es un buen momento para vivir aventuras, y podría empezar soñando.

lunes, 8 de abril de 2013

Nuestro pequeño mundo


Su llegada al mundo cambió el mío por completo, y el tuyo, y a día de hoy sigue cambiándolo cuando menos lo esperamos. "me quita mi tiempo", "me estresa", "me reta y disgusta", eso y más, pero... nos ayuda a levantarnos con una sonrisa, porque nos espera en la cama escondido sin poder aguantarse la risa; o dormido con la boquita entreabierta y esa carita tan dulce. Hasta la mañana más justa de tiempo empieza bien. Porque amanezco a tu lado, y sale el sol en sus ojitos.

En cada reto que se presenta, él está esperando para recordarme por qué hay que seguir adelante. Cuando me siento sola, como una bofetada, su “mami ven”, me trae de vuelta a la tierra y me recuerda que nunca lo estoy porque él está en mi vida. Él es. En cada golpe de la vida tú me das aliento, y esos abrazos que no te nacen, pero que por mí, lo que haga falta, y me envuelves de realidad, de mi realidad. Tú eres. Y ya de vuelta a nuestro mundo pasamos lista... uno, dos, tres... Estamos todos de vuelta. Vamos a barrer las hojas del baobab ¿Le abrimos la puerta a las visitas?

No necesitamos grandes lujos, no necesitamos adquirir más cosas materiales teniendo un mundo entero por redescubrir a su lado. Hacía tiempo que no veía a nuestro niño tan feliz como buscando minerales en mitad de la montaña, y llevándolos como el trofeo más valioso; como si pudieran brillar más que sus ojos. Descubriendo las casas de las arañas, que cazan engañando a los bichitos y todas esas cosas que no se aprenden delante de la tele. Oliendo todas y cada una de las flores que encontraba mientras tú las fotografías. Pinchándose con las archílagas por primera vez, y espero que por última. Lección aprendida.

Hacía tiempo que no me importaba tan poco todo lo demás, y es una sensación tan relajante... Puede que llegue a acostumbrarme a esto de recuperar el eje de mi vida. Puede que lo mejor que me haya podido pasar es que, ese eje, tenga nombre y apellidos; los tuyos y los míos. Todo lo demás son lujos cuando a nivel espiritual, mi casa son tus brazos y mi alimento su sonrisa.

martes, 26 de febrero de 2013

La importancia de un abrazo.

Come, calla, duerme. Los pequeños deben tener unos márgenes, unos límites para poder vivir en sociedad, pero ¿Qué sociedad? Nadie puede negar que vivimos tiempos en los que la misma muestra claros síntomas de una enfermedad tan común como mortífera, la falta de respeto por los demás y por uno mismo. Y la cura la tienen ellos, y están en nuestras manos.

Nada más nacer, los etiquetamos con un nombre y les marcamos con apellidos, Martinez, Perez, López... Hijo de Martín, de Pedro, de Lope. Una nacionalidad, religión, vertiente política. Les damos aquello que aún no nos han pedido, aquello que no nos pedirán, pero, ¿Les damos lo que necesitan?


En la Pirámide de Maslow se reflejan muy claros estos “dones” de los que les hacemos entrega. Fisiología (identidad), seguridad (casa, alimentos, salud, “un futuro productivo”). Pero no hemos de quedarnos ahí, en el segundo escalón, un ser no está completo hasta que no obtiene cada uno de los cinco peldaños. No podemos vivir sin afecto, individualidad (afiliación), y esto, por suerte o por desgracia, no podemos delegarlo en la escuela, ha de nacer en el hogar, aunque luego se ramifique más allá. Por mucho trabajo que tengamos, por muchas horas que tengamos que pasar fuera de casa para darles lo básico, siempre tendremos un ratito para hacer que se sientan queridos, para que puedan llegar al cuarto escalón y confíen en ellos mismos. No pueden aprender a quererse si no se sienten queridos. No pueden respetar si no son respetados. Todos necesitamos besos y abrazos.

La diferencia entre niños y adultos es que ellos ya “traen de fábrica” el quinto y último peldaño, la autorrealización. Son creativos, espontáneos y sin prejuicios, confiados y capaces de encontrar una vía alternativa ( a su manera) para resolver una dificultad, y capaces de aceptar las cosas tal y como son, no como les queremos imponer. Sólo tenemos que hacerles la vida fácil y agradable, y no hay mejor forma de hacerlo que guiarlos para que ellos mismos sean capaces de proporcionarse lo que necesitan para subsistir, contagiándonos de su entusiasmo por la vida.


Deben comer, sí, pero no se trata de engullir, sino de saborear. Deben callar a veces, por respeto a los demás, pero también deben ser escuchados. Y deben dormir, pero para descansar y reponer fuerzas, no para quitarse de en medio por unas horas. No tienen botón de apagado.

Tan importante es desear a nuestros hijos unos dulces sueños, como un día feliz. Ellos no necesitan cerrar los ojos para vivir grandes aventuras o sobrevolar a mil kilómetros del suelo. No tienen el plomo en los zapatos que nos dan al “madurar”, aún conservan las alas de pegasos y hadas en las que nosotros dejamos de creer.

A los niños no hay que enseñarles las cosas, no hay que metérselo en la cabeza, hay que acompañarles en el camino del autodidacta, para que no se pierdan mucho de los límites de la convivencia. No se trata de forzarles a comer con cubiertos, se trata de que ellos solos investiguen y descubran cómo hacerlo, a su manera. No hay que forzarlos a leer memorizando el abecedario, hay que mostrarle la magia de los libros y lo que se esconde tras cada renglón. Es de ellos de quienes tenemos mucho que aprender, aprender a volver a los orígenes de nuestro ser, a colorear cada página de nuestro diario, a llenar de magia el día a día. Deberían querer aprender a leer.

Es más importante desarrollar la pasión por cada cosa que hacemos, por pequeña que sea, que aprender de manera mecánica a realizar tareas rutinarias que pronto acabaremos por odiar. Nuestra, su meta, ha de ser trabajar en lo que aman, y amar aquello en lo que trabajan. Deberíamos enseñarles a amar cada paso que dan, cada cosa que descubren, pero caemos en el error de pensar que es algo aprendido, pues ya lo hacen, desde la primera bocanada de aire. Cada sabor, cada olor o tacto, los sonidos, las luces y colores, todo es asombroso cuando se mira con los ojos de la infancia, ellos saben mucho más que nosotros de cómo ser feliz... el truco está en limitarse a ser, que las cosas serias, en el más estricto sentido de la palabra, ya las irán aprendiendo por el camino.

Yo sólo soy madre, no tengo ningún conocimiento pedagógico, ni psicológico, pero amo a mi hijo, no sólo por lo que conlleva, por ser parte de mi ser o el fruto de amor, pasión y convivencia con mi pareja. Lo amo porque es él quien me enseña a mí cada día que la vida es más simple y más hermosa, me enseña cómo soy realmente, o cómo fui antes de dejar que el peso de las responsabilidades sociales me anclase al suelo.


Ellos nos enseñan mucho, si les sabemos escuchar, nosotros hemos de limitarnos a ayudarlos a descubrir sin dejarles olvidar quienes son.Individuos pequeñitos, personas enteras desde el primer día, y han de seguir siéndolo hasta el último, respetándose en su individualidad, y respetando la de todos. No hay palabras que transmitan el cariño y el respeto mejor que un abrazo. Gracias a la Escuela Infantil Sol y Luna. A Lola por su paciencia infinita, a Ester por ese cariño tan cálido, a la dulzura de ambas. Y a Verónica, la mano firme y amorosa que acompañó dando seguridad a mi pequeño en sus primeros pasos fuera del nido.


http://escuelainfantilsolyluna.blogspot.com.es/

Adoro las charlas infinitas, y las breves, con vosotras. Tenéis algo muy importante que aportar a las nuevas generaciones.