jueves, 1 de diciembre de 2016

El camino

Sé que hay una casa al final de ese camino desolador, sé que hay un hogar. Reconozco cada piedrecita bajo mis pies. He pasado tantas veces descalza que, al pisar de nuevo esa tierra, quebrada por la falta de agua, siento conectarse a mi piel las viejas raíces que eché cuando todo era exuberancia y vida. Recuerdo esa casa.

Recuerdo cómo se llega. Voy a quitarme los zapatos para no herir la tierra, para que cada cristal, cada espina, encuentre tambien de forma certera en camino, su propósito, y corten mi piel. Que la sangre fluya libremente y empape este suelo, que lo llene de vida otra vez. Pasaré muy despacio, pero sin titubear.

Mis pasos han de ser lentos, pero sin rectificar el camino. Cada elemento que hay en él vale la pena ser recorrido, y dejar que te hiera. Dejar que te arañe la piel cada uno de sus espinos, que penetren tan profundo que destrocen cualquier coraza, que lleguen al centro de la mismísima alma. Y así, libre de todo lo externo, de lo físico y terrenal, llegaré al portal de piedra que se esconde tras esas ramas.

Voy a llegar a ese portal, tiznado de hastío, negro de no haber querido evitar ni uno sólo de los incendios. Voy a volver a tocar esa piedra fría y raída, pero no con la piel. Voy a dejar por el camino todo lo superfluo y terrenal, todo lo que no necesito en esta casa. Dejaré que el alambre de espino me abrace, que me de su bienvenida, que me quite todo el abrigo, cada capa, cada piel, para sentir el frío.

Quiero sentir ese frío otra vez, que arraigue, que congele cada pedazo de carne muerta, quiero sentir ese frío que quema, en el centro de mí misma. Y notar cómo sube por la garganta, desde mi pecho, esa fuerza que nos da la muerte como ventaja cuando se sabe victoriosa en la carrera.

Y así, con esa fuerza en la garganta llamaré desde la puerta, sin tocar ni un sólo elemento de su frágil arquitectura, para que sea mi grito hueco, frío, quien derrumbe el umbral. Voy a entrar como el viento, una vez más. Y sin ser vista me haré sentir, como siempre, abriendo y cerrando las ventanas, colándome en cada estancia, por debajo de las puertas, levantando el polvo aferrado a los muebles. Voy a entrar como siempre, como el viento, sin ser invitada.

Yo conozco ese camino, conozco esa casa, y su valor. Me he perdido en él, en ella, tantas veces. Podría decir que viví ahí, que vivo, como el aire viciado de su buhardilla, como las notas de cuando hubo música tras sus paredes. Yo conozco esa casa, viví allí. La he sentido mía, aunque nunca fuese invitada.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Ausente

Hoy me ha desvelado un recuerdo. Estabas ahí, de vuelta, como si nada, como si todo. Como cuando éramos pequeño, pero sin el miedo en el cuerpo.

Me he puesto a recordar todo lo que no ha ocurrido y he tenido que pasar lista de las ausencias. Todo en orden, todos siguen sin estar.

Es agotador recordarlo todo, hasta lo que no ha sucedido.

Aún así, me quedo como estoy, donde estoy. Y es que prefiero estar con quien yo he elegido, antes que no estar sola. Quédate donde estás, donde no vayas a estar.

Algún día me olvidaré de que está permitido olvidar.

sábado, 8 de marzo de 2014

Caminos

Como un libro abierto, llegas a mí, sin proponértelo. Cada una de tus emociones ha erizado mi piel, a pesar de que tus lágrimas no llegan a rozar mi hombro, de que tu risa no contagia a la mía. He reído y he llorado contigo, por ti.

Hay personas que son como pequeños transmisores, que emiten  en una frecuencia muy peculiar todo aquello que ronda por sus cabezas. Quizá no sea lo más correcto escuchar algo tan privado, pero a veces es inevitable encontrar la frecuencia exacta, oír. Hay a quien le agobia saberse tan comprendido, hay a quien le alivia no estar solo. Prefiero mantenerme al margen y acudir sólo cuando he sido invitado a escuchar.

Como una canción, resuenan en mi cabeza, ta tan tan tan... compases tan conocidos que parecían compuestos por el mismo que escribió mis latidos. Hablamos de cielos y alas rotas. Pero nunca nos alzamos en vuelo. Anclados al miedo de no saber aterrizar de nuevo.

Como una foto en el techo. Tanto tiempo mirándola aprendes a ver más allá, incluso percibes los olores de la luz, la dirección del viento, o quién tomó la foto, quién había detrás. Tanto la acabas conociendo que, por un instante olvidas que no estabas allí. Nunca he estado, pero te recuerdo tanto.

Hay quienes hablan tan claro que la voz te perfora el oído. Otros hablan bajo. Tú tienes el timbre de voz exacto, el volumen correcto, pero a veces te escucho y no eres tú quien habla. Alguien se ha colado en tu emisión, interferencias. No es que no quiera oír lo que quieres decirme, es que no hablas tú, y por eso dejo de escuchar.

Como los recuerdos de cuando éramos niños, que llega un punto que los vemos desde fuera, pero aún así, seguimos escuchando nuestras risas o sintiendo los chichones. Aún podemos notar el sabor de las galletas, o el olor de las ceras, aunque no hayamos vuelto a comer dulces, ni colorear.

Hay momentos que miras atrás y duele, duele mirar hacia delante y no ver esos recuerdos. Hay momentos en los que miras y ves todo con la luz que debe tener, percibes la sintonía de lo átono. Las sombras se tornan claras, los destellos fugaces se apagan y lo comprendes todo. Hoy por hoy no es necesario comprender, sólo mirar el suelo que pisas, iluminando, acompañado, con todo aquello bueno que nos hayan podido dar.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Hora de dormir...

Ha llegado la hora de dormir, y Héctor elige su cuento, prepara la cama y abre bien las orejas, mientras, lentamente, se le cierran los ojos.

Él es un caballero, que monta a lomos de su dragón; porque hasta éstos, cuando te esfuerzas en conocer, son buenos compañeros de vuelo.

Junto a él salva a príncipes y princesas, a niños, a ancianos, a buenos y a malos... normalmente, de ellos mismos.

Todos merecen ser salvados.

Tras un largo día recorriendo los bosques, se acurrucan juntos, para hacer repaso de sus trofeos. ¿Cuántas sonrisas fueron hoy? Abramos el cofre... y tiremos la llave al fondo del mar.

Ahora es bucanero, y recorre los mares, gota a gota, buscando tesoros escondidos. Perlas brillantes, canicas, doblones, y algún que otro cachivache, tan brillante como insólito.

Todo tiene valor, según cómo se mira.

Éste viaje tampoco lo hace sólo. Le acompaña el mar, el sol, sus peces, y si se distrae demasiado, hasta las estrellas. No son muy habladores, pero eso no importa, ya habla él por todos.

Ahora está en casa, es un gran chef, y ha preparado una deliciosa sopa de tomate con jamón para papá y mamá. Miran una peli de dibujos los tres juntos en el sofá, justo después de recoger la mesa.

Todo gran héroe merece un poco de sosiego, y una cena calentita en buena compañía.

Sigue soñando con que es bombero, porque son valientes, y tan listos como fuertes... y aún más buenos.
Además, alguien tiene que bajar a los gatos de los árboles.

El mundo, poco a poco, se empieza a mover. ¿qué pasa? El cuento ya se ha acabado, y vuela en brazos, con su dragón, y se sumerge en la cama, arropado por todo el cariño que sólo él, sólo los niños son capaces de dar.

Es hora de descansar, y Héctor ya ha elegido su sueño. Esta noche es un buen momento para vivir aventuras, y podría empezar soñando.

lunes, 8 de abril de 2013

Nuestro pequeño mundo


Su llegada al mundo cambió el mío por completo, y el tuyo, y a día de hoy sigue cambiándolo cuando menos lo esperamos. "me quita mi tiempo", "me estresa", "me reta y disgusta", eso y más, pero... nos ayuda a levantarnos con una sonrisa, porque nos espera en la cama escondido sin poder aguantarse la risa; o dormido con la boquita entreabierta y esa carita tan dulce. Hasta la mañana más justa de tiempo empieza bien. Porque amanezco a tu lado, y sale el sol en sus ojitos.

En cada reto que se presenta, él está esperando para recordarme por qué hay que seguir adelante. Cuando me siento sola, como una bofetada, su “mami ven”, me trae de vuelta a la tierra y me recuerda que nunca lo estoy porque él está en mi vida. Él es. En cada golpe de la vida tú me das aliento, y esos abrazos que no te nacen, pero que por mí, lo que haga falta, y me envuelves de realidad, de mi realidad. Tú eres. Y ya de vuelta a nuestro mundo pasamos lista... uno, dos, tres... Estamos todos de vuelta. Vamos a barrer las hojas del baobab ¿Le abrimos la puerta a las visitas?

No necesitamos grandes lujos, no necesitamos adquirir más cosas materiales teniendo un mundo entero por redescubrir a su lado. Hacía tiempo que no veía a nuestro niño tan feliz como buscando minerales en mitad de la montaña, y llevándolos como el trofeo más valioso; como si pudieran brillar más que sus ojos. Descubriendo las casas de las arañas, que cazan engañando a los bichitos y todas esas cosas que no se aprenden delante de la tele. Oliendo todas y cada una de las flores que encontraba mientras tú las fotografías. Pinchándose con las archílagas por primera vez, y espero que por última. Lección aprendida.

Hacía tiempo que no me importaba tan poco todo lo demás, y es una sensación tan relajante... Puede que llegue a acostumbrarme a esto de recuperar el eje de mi vida. Puede que lo mejor que me haya podido pasar es que, ese eje, tenga nombre y apellidos; los tuyos y los míos. Todo lo demás son lujos cuando a nivel espiritual, mi casa son tus brazos y mi alimento su sonrisa.

martes, 26 de febrero de 2013

La importancia de un abrazo.

Come, calla, duerme. Los pequeños deben tener unos márgenes, unos límites para poder vivir en sociedad, pero ¿Qué sociedad? Nadie puede negar que vivimos tiempos en los que la misma muestra claros síntomas de una enfermedad tan común como mortífera, la falta de respeto por los demás y por uno mismo. Y la cura la tienen ellos, y están en nuestras manos.

Nada más nacer, los etiquetamos con un nombre y les marcamos con apellidos, Martinez, Perez, López... Hijo de Martín, de Pedro, de Lope. Una nacionalidad, religión, vertiente política. Les damos aquello que aún no nos han pedido, aquello que no nos pedirán, pero, ¿Les damos lo que necesitan?


En la Pirámide de Maslow se reflejan muy claros estos “dones” de los que les hacemos entrega. Fisiología (identidad), seguridad (casa, alimentos, salud, “un futuro productivo”). Pero no hemos de quedarnos ahí, en el segundo escalón, un ser no está completo hasta que no obtiene cada uno de los cinco peldaños. No podemos vivir sin afecto, individualidad (afiliación), y esto, por suerte o por desgracia, no podemos delegarlo en la escuela, ha de nacer en el hogar, aunque luego se ramifique más allá. Por mucho trabajo que tengamos, por muchas horas que tengamos que pasar fuera de casa para darles lo básico, siempre tendremos un ratito para hacer que se sientan queridos, para que puedan llegar al cuarto escalón y confíen en ellos mismos. No pueden aprender a quererse si no se sienten queridos. No pueden respetar si no son respetados. Todos necesitamos besos y abrazos.

La diferencia entre niños y adultos es que ellos ya “traen de fábrica” el quinto y último peldaño, la autorrealización. Son creativos, espontáneos y sin prejuicios, confiados y capaces de encontrar una vía alternativa ( a su manera) para resolver una dificultad, y capaces de aceptar las cosas tal y como son, no como les queremos imponer. Sólo tenemos que hacerles la vida fácil y agradable, y no hay mejor forma de hacerlo que guiarlos para que ellos mismos sean capaces de proporcionarse lo que necesitan para subsistir, contagiándonos de su entusiasmo por la vida.


Deben comer, sí, pero no se trata de engullir, sino de saborear. Deben callar a veces, por respeto a los demás, pero también deben ser escuchados. Y deben dormir, pero para descansar y reponer fuerzas, no para quitarse de en medio por unas horas. No tienen botón de apagado.

Tan importante es desear a nuestros hijos unos dulces sueños, como un día feliz. Ellos no necesitan cerrar los ojos para vivir grandes aventuras o sobrevolar a mil kilómetros del suelo. No tienen el plomo en los zapatos que nos dan al “madurar”, aún conservan las alas de pegasos y hadas en las que nosotros dejamos de creer.

A los niños no hay que enseñarles las cosas, no hay que metérselo en la cabeza, hay que acompañarles en el camino del autodidacta, para que no se pierdan mucho de los límites de la convivencia. No se trata de forzarles a comer con cubiertos, se trata de que ellos solos investiguen y descubran cómo hacerlo, a su manera. No hay que forzarlos a leer memorizando el abecedario, hay que mostrarle la magia de los libros y lo que se esconde tras cada renglón. Es de ellos de quienes tenemos mucho que aprender, aprender a volver a los orígenes de nuestro ser, a colorear cada página de nuestro diario, a llenar de magia el día a día. Deberían querer aprender a leer.

Es más importante desarrollar la pasión por cada cosa que hacemos, por pequeña que sea, que aprender de manera mecánica a realizar tareas rutinarias que pronto acabaremos por odiar. Nuestra, su meta, ha de ser trabajar en lo que aman, y amar aquello en lo que trabajan. Deberíamos enseñarles a amar cada paso que dan, cada cosa que descubren, pero caemos en el error de pensar que es algo aprendido, pues ya lo hacen, desde la primera bocanada de aire. Cada sabor, cada olor o tacto, los sonidos, las luces y colores, todo es asombroso cuando se mira con los ojos de la infancia, ellos saben mucho más que nosotros de cómo ser feliz... el truco está en limitarse a ser, que las cosas serias, en el más estricto sentido de la palabra, ya las irán aprendiendo por el camino.

Yo sólo soy madre, no tengo ningún conocimiento pedagógico, ni psicológico, pero amo a mi hijo, no sólo por lo que conlleva, por ser parte de mi ser o el fruto de amor, pasión y convivencia con mi pareja. Lo amo porque es él quien me enseña a mí cada día que la vida es más simple y más hermosa, me enseña cómo soy realmente, o cómo fui antes de dejar que el peso de las responsabilidades sociales me anclase al suelo.


Ellos nos enseñan mucho, si les sabemos escuchar, nosotros hemos de limitarnos a ayudarlos a descubrir sin dejarles olvidar quienes son.Individuos pequeñitos, personas enteras desde el primer día, y han de seguir siéndolo hasta el último, respetándose en su individualidad, y respetando la de todos. No hay palabras que transmitan el cariño y el respeto mejor que un abrazo. Gracias a la Escuela Infantil Sol y Luna. A Lola por su paciencia infinita, a Ester por ese cariño tan cálido, a la dulzura de ambas. Y a Verónica, la mano firme y amorosa que acompañó dando seguridad a mi pequeño en sus primeros pasos fuera del nido.


http://escuelainfantilsolyluna.blogspot.com.es/

Adoro las charlas infinitas, y las breves, con vosotras. Tenéis algo muy importante que aportar a las nuevas generaciones.

sábado, 5 de enero de 2013

Cuentos de niños

Héctor  tiene 4 años y muchas ideas en la cabeza, tantas que a veces se le salen de la boca solas y se le enredan en el pelo. Tiene los ojos grandes, porque quiere verlo todo, aprenderlo todo; y las cejas espesas para que el sol no le deslumbre demasiado.

Héctor quería ser bombero desde que cumplió los 2 años, porque los bomberos ayudan a todas las personas, sean buenas o malas, porque todos necesitan ayuda alguna vez, y a lo mejor, eso les hace ser más buenos. 


Le gusta el color verde, y el azul y el rosa y el naranja. Le gustan todos los colores, porque todos son bonitos si los sabes mezclar bien. No hay colores feos, dice, porque hasta el marrón, que es aburrido, a veces se disfraza de chocolate.


No termina de entender el mundo, ni por qué los mayores usamos dinero en lugar de intercambiar cosas. -Todo el mundo sabe hacer algo que pueda servir a los demás, pero no todos tienen dinero. Quien inventó cómo funciona el mundo debe de ser un poco tonto, o inútil. Pobrecitos los que mandan, que no saben hacer nada más que mandar.

En los días de viento, juega con sus amigos a que son caballeros que luchan contra él, porque sopla y les despeina las ideas. Todos deben de elegir un arma para la batalla, como buenos caballeros, pero él siempre elige el escudo. ¿Qué tiene de especial? El escudo no puede herir a nadie, sólo te protege, pero mientras los demás se cansan de dar espadazos al aire, Héctor puede avanzar, protegido y protegiendo a todos los que se cobijan junto a él.

A veces, cuando cree que nadie le escucha, se dice cosas en voz alta. No es que hable sólo, es que de quien mejor se aprenden las cosas es de uno mismo, y si se lo explica, lo entenderá mejor que si se queda con la duda. Y por eso, cuando los mayores se enfadan, les pide que se cuenten a ellos mismos por qué, para saber si tienen razón o sólo tienen sueño.

Héctor tiene la habitación siempre revuelta, pero ayuda en casa. Le gusta cocinar galletas y se pasa horas con la misma cuando toca comer... para ir conociéndose. Su plato favorito son los macarrones, con chorizo y mucho queso, pero siempre se le quedan fríos.

No le gusta que las personas se disgusten y se dejen de hablar. No lo entiende. -
¿Cuando alguien se muere, puedes hablar con él? - No, cariño. O al menos, no te puede oir. - Entonces, ¿por qué no aprovechar ahora para hablar, jugar, si con el tiempo ya no podremos hacerlo?

Tiene la costumbre de saludar a todo el mundo que se cruza por la calle, aunque sus papás le regañan porque es peligroso, se sienten muy orgullosos de él y su gran corazón. Héctor tiene un corazón muy grande, como sus ojos, para sentirlo todo, aprenderlo todo, pero sólo se guarda lo bueno, que lo malo ocupa el doble y no cabe.

Héctor hace magia, aunque no lo sabe. Héctor cree que puede abrir el coche de papá, y que “abracadabra” susurrado despacito puede hacer que las cosas cambien de sitio o de color. Pero su mejor truco es dar los mejores abrazos a quien los necesita, y llevarlos de la mano a un mundo que, parece el mismo, pero es mucho más bonito.