lunes, 24 de diciembre de 2012

Disquisiciones de un niño (2)

El otro día Héctor me contó un cuento sobre cómo unos niños querían vencer al viento, que no les dejaba avanzar, y de cómo el niño que eligió de entre todas las armas el escudo, pudo al menos evitar que le tirase... obviamente no utilizó un léxico muy complejo, ni extendió el relato más allá de las tres calles que tardamos de casa al cole, pero me sorprendió tanto, tantísimo su forma de inventar historias con moraleja... hoy hablaba de cómo me va a ayudar a volver a ser niña, porque quiere que no me de vergüenza cantar villancicos por la calle con él, o hablarle en inglés, o saludar a todo el que me cruce.

Hoy me ha dicho:

- Mamá ¿y por qué no haces esas cosas si te gustan? ¿Es porque te da vergüenza? ¿Yo soy pequeño y no tengo de eso, así que será algo que crece con el tiempo, como el pelo... o los pies... ¿Por qué no puedes cortarte la vergüenza? Te divertirías más.

- Porque la vergüenza es más parecida a los pies, no te los puedes cortar así, sin más...

- Sí, mamá, sin pies y sin vergüenza tendrías que aprender a volar, o a andar con las manos, y seguro que sería divertido.

Me ha dejado pensativa todo el día, y a estas horas no puedo hacer más que darle la razón.

lunes, 16 de julio de 2012

Bailando


He bailado hasta que me sangraran los pies. Descalza y de puntillas. He bailado con las zapatillas cubiertas de resina para deslizar lo justo y necesario. Al compás, a destiempo... Y voy a seguir bailando.

Quiero extender los brazos y sentir el vacío alrededor, ser funambulista, bailar sobre la cuerda floja. No tener que alzar la vista para alcanzar mis deseos, no tener que bajarla, para no recordar el suelo.

Dos extremos que se tensan, que se vuelven a acercar. Equilibrio, concentración, silencio. Una vez se calcula el rumbo la música debe volver a sonar. Mirando a un punto fijo, para no perder el centro.

El vértigo lo siente quien tiene miedo a caer. A mí no me asusta la caída libre, ni el aterrizaje, sólo me importa volver a remontar el vuelo, volver a las alturas disfrutando del ascenso a cada aleteo.

Todos sentimos pánico alguna vez, sí, ante lo incierto, pero cuando ya has saboreado el barro del suelo, cuando sabes que el lodo es simplemente lodo, ya no hay nada que temer.

Pensé que tras derrumbarme mi propio sobrepeso partiría mis tobillos, pero se han hecho más fuertes, para soportalo, para soportarme. Así que ahí vamos, soltando lastre poco a poco, alzando el vuelo, firme, feliz... fuerte.

Saltar de una tecla a otra, de nota en nota, de cuerda en cuerda. Dejar fluir los movimientos como si el viento tuviese rumbo predefinido. Un compás predestinado para cada hoja que cae, para cada cuerpo... improvisar un pasado sobre el que volver los pasos.

Mi sueño siempre fue bailar a toda costa, y se rompió, como muchos otros, como los de todos. Pero he comprendido que no hay pegamento más resistente que la propia voluntad. Así que, que no pare la música, que no apaguen la luz. Puede que no haya pista, escenario, ni aplausos, ni los necesito.  No quiero miradas fijas en mí, no quiero público, simplemente el cuerpo me pide seguir bailando :-)

jueves, 5 de julio de 2012

Introspección


Últimamente oigo mucho hablar de introspección, de hecho, me lo han recomendado fervientemente aquellos que me creen o me saben errante. Pues bien, sí, está bien mirar hacia dentro, conocerse a uno mismo, pero esto no se puede hacer sin echar antes un vistazo a tu alrededor.

Lo primero que he mirado es de qué clase de gente me he estado rodeando últimamente, los que están por accidente (a veces fortuito) y los que yo he querido que estén, los que han decidido irse y a los que he invitado a marchar.

Después he analizado mi familia, mi “historia” para comenzar a ahondar en mi cabeza, para conocerme un poco mejor, para saber si lo que hago está bien o mal, según mi propio criterio. Ese es mi objetivo, conocer mi criterio con esta introspección.

Como en todas las familias, hay cosas que es mejor no recordar, otras que es mejor no olvidar.
Aquí, en el seno de la familia es donde comienza a darse forma al individuo, pero somos un molde que, aunque destinado a llenarse, tenemos pequeñas marcas únicas que nos caracterizan. Una misma dosis, un mismo contenido en distinto continente nunca tomará la misma forma, nunca será igual. Y es por eso que no hay dos personas iguales, ni tan si quiera los hermanos, que han crecido con los mismos valores inculcados, ven las cosas desde el mismo ángulo.

No podemos quedarnos con nuestro punto de vista. Puede que a mí me apasione el color azul y odie el amarillo, pero he de admitir que combinados crean un contraste muy interesante, por poner un ejemplo. Tendemos a pensar que nuestra opinión es no sólo más valiosa que la de los demás, sino que es la única válida, y bueno, en parte es así, sólo nos vale nuestra opinión, nuestro punto de vista, pero este debe de poder cambiar de tanto en tanto, sobre todo para poder ver las cosas desde el pellejo de los demás. Sobre todo si pretendemos seguir teniendo con quien compartir nuestra opinión.

Tendemos a infravalorar los esfuerzos de los demás y a magnificar los nuestros, todos, aunque sólo sea dentro de nuestras cabecitas, y bueno, es lógico, nuestro esfuerzo nos ha supuesto eso mismo, un esfuerzo, el de los demás no lo hemos sudado, no lo hemos padecido. Y no es más dolor el nuestro que el de otros, pero lo sentimos con mayor intensidad.

Y bueno, llegado a este punto, he intentado mirar hacia dentro, ponerme frente a un espejo (ahora me imagino bizcando los ojos, jeje, estoy bastante cómica con esto de ponerme profunda), y lo único que saco en claro es que lo justo es ser capaz o al menos intentar calzarse los zapatos de otros, subirnos a unas calzas, o ponernos de rodillas, inclinarnos los grados que sean necesarios, entornar los ojos, abrirlos bien, ponerse gafas con otras dioptrias. Tenemos que ser capaces de apreciar lo que otros opinan, en su justa medida, en la medida que nos importe esa opinión, esa persona, y por lo tanto valorar la nuestra por encima de las demás. Pero esto no significa ser inflexible, esto significa querernos como podemos querer a un hijo, cuidarnos, cultivarnos, dejarnos caer de vez en cuando, y dejarnos crecer con la experiencia de los demás, para que la nuestra sea más rica, más completa, más versátil.

Debemos desvivirnos por quien nos importa, subirnos o rebajarnos a su nivel, siempre que siga importándonos. Y antes de pasar al odio, a la indiferencia, pedirles que se ponga en nuestro lugar. "- Te cambio mis zapatos." Dependiendo de si están dispuestos o no, únicamente con ese criterio, determino quien sí y quien no está en mi lista de prioridades.

Todos cometemos errores, todos olvidamos algo, o le damos más importancia de la que tiene, pero somos todo lo que hacemos y decimos, somos como somos y no nos faltan razones. Razones para sentirse orgulloso, en cualquier caso.

jueves, 21 de junio de 2012

Con calma.

Todo pasa.
Las horas... los días...
Las ganas.

Todo pasa, 
en calma.

Todo pasa,
mientras no llamas.
Las horas... los días,
los fantasmas.

Querrás que te quiera
queriendo quererte...
con calma.

En calma,
todo pasa.

Volverás como siempre,
volverás con más ganas.

Todo pasa.
las ganas, los días...

El tiempo desgarra.

Cuando decidas que ya es hora.
Cuando tú vuelvas, tus ganas.
Verás que con el tiempo
la vida pasó de largo, 
el viento empujó sus alas.

Todo pasa.
Las horas... los días...
Las ganas.

Todo pasa, 
en calma.

Cuando todo haya pasado, 
querrás que siga en calma,
verás que sin las ganas
todo pasa, todo acaba.

En calma,
todo pasa.

viernes, 18 de mayo de 2012

Fractal

Llegará el día que tus labios no corten mi sentido común en dos. Que no entienda cada uno de tus gestos y miradas, que te desconozca. Mientras tanto seguiré esperando el momento justo, en el que nadie mira y todos hablan, para fundirme en tu intensa mirada, en tu voz, “escucha sólo mi voz”.


Habrá un punto en el que no pueda seguir jugando a que nos rescatamos de las miserias del día a día, y tendré que admitir que me aterra saber que me tienes atrapada. De momento seguiré fingiendo que no me importas lo suficiente, que no te busco, que no me encuentras ¿dónde estás?

Algún día seré capaz de mirar atrás y sonreír al pensarte, de mirar hacia delante y no verte, y seguir sonriendo. Hoy por hoy no puedo soportar la idea de llamar a tu puerta y que no estés, de quedarme dormida y no oír tu llamada. Te necesito en mi vida, necesito que me necesites. Quiero que estés aquí.

Tal vez mañana descubra que no eres sólo un confesor, un confeso. Tal vez descubra que tampoco es tan extraña esta fijación por ti. Que confundo lo que veo porque me duelen los ojos de buscar, como quien ve un oasis en el desierto. Sólo es sed, sed de lo que tú me haces sentir. Sed de ideas que fluyen libres, manan sin ser forzadas. Tal vez sólo seas manantial, corriente, agua.

Llegará el día que mis labios no tengan más sed de ti, que mis oídos no busquen tu voz, que mi piel no se estremezca con tu roce, que te reconozca entre cientos antes de tan si quiera alcanzar a verte. Las canciones se superan, las ausencias, dejan de doler.

Habrá un punto en el que ya no necesite tu mano cuando todo vaya mal, en el que pase página. Y pensar que no me piensas no será morir, no será. Un punto en el que ser tu cómplice no me haga sentir culpable, que el liberarte no se convierta en mi prisión.

Algún día estaré de nuevo a ras de suelo, centrada, serena, en mi lugar. No encumbrada por tu atención, ni sumergida en tu olvido, estaré en mi atención, en mi olvido, en mi lugar.

Mientras llega la hora esperaré sentada armando el rompecabezas. Buscando secretos de alquimia que me desvelen el ingrediente que falta en todo esto. Tal vez nunca tenga mi por qué y me quede con la duda de qué, quién, cuándo equivocó nuestros caminos para desencontrarnos. 

lunes, 2 de abril de 2012

De batallas ganadas

No tiene sentido luchar, no cuando tu espada hiere tanto como la del enemigo.

No tiene sentido interponer escudos, protegerse de los demás, huir de los hechos.

Tus armas han de ser constructivas, siempre, al fin y al cabo el tiempo ya destruirá aquello que conoces, bueno, malo, todo. Tus corazas han de ser transpirables, dejar entrar, dejar salir, respirar. Si te encierras, te asfixias, si te aíslas, te marchitas, estás vencido.

No tiene sentido herir, no cuando te mata a ti por dentro, te consume.

No tiene sentido rendirse, no es una victoria ni tan si quiera para el enemigo.

Tu defensa ha de ser justa, pura, la intención ha de ser que ambos ganéis algo, que ambos acabéis siendo mejores rivales, mejores personas. Cuestión de honor.

Tu ataque ha de ser previsible, esperado, certero pero suave. Las palabras justas, sin adornos, sin ira, en el momento apropiado, han de liberarte del peso justo para equilibrar a los contrincantes.

No tiene sentido una victoria cuando dejas atrás a los malheridos.

No tiene sentido la derrota cuando no vuelves a ponerte en pie. No tiene sentido la derrota.

Las batallas, internas o externas, las discusiones, las disputas, los enfrentamientos, siempre han de ser de igual a igual, siempre han de ser en frío, siempre. Si tienes clara ventaja, ponte a la altura de tu rival, sopesa los dos lados de la balanza.No son más que pruebas, que lecciones de las que ambos bandos deben aprender. Recapacita sobre tus puntos débiles, el por qué de tu derrota. Recuerda siempre qué te ha hecho ganar de forma honrosa, y comparte tu experiencia con cualquiera, pues nunca se sabe cuándo se verá envuelto en algo similar.

Siéntate frente a tu oponente después de la batalla, siéntate contigo mismo y comenta qué ha ido bien, qué salió mal. Mejora y ayuda a mejorar.

No tiene sentido pasar por la vida sin la lección de una experiencia.

No tiene sentido sentarse a mirar sin tender una mano.No tiene sentido encerrarse en uno mismo, entrar en barrena, tú, tú, tú... y sólo tú.

No tiene sentido caer, sufrir, equivocarse, si no te llevas la lección contigo. Empápate de tus vivencias, aprende, perdona, supera, vive cada paso como lo que es, parte del camino.


domingo, 25 de marzo de 2012

Disquisiciones de un niño pequeño...

A veces los niños enseñan grandes lecciones que sólo ellos, con su inocencia son capaces de asimilar...

Esta tarde me dice mi hijo de casi 4 años:

- ¿mamá, dónde va la gente cuando se muere?
+ A ninguna parte, dejan de estar, de oír, de ver...
- ¿Entonces no se puede hablar con ellos? ¿Ni jugar?
+ No, bueno, puedes hablarles, pero no pueden oírte ni contestarte.

(silencio largo, en el coche)

- Mami, ¿entonces por qué la gente se pelea y se pasa tiempo sin hablar?
+ No so sé, cariño, supongo que es difícil ver a quien te ha hecho algo malo.
- ¿Y no es más malo dejar de verles, de oírles, de poder jugar, hablar?
+ En mi opinión sí, pero no es tan fácil.
- Mamá ¿Y lo difícil no es hablar con los muertos? ¿por qué no aprovechan que están vivos para jugar y hablar? Cuando estén muertos no podrán hacerlo nunca más.

Tengo un niño tremendamente curioso, y tremendamente dulce. Todos podemos ser así de inocentes, de simples y ver que, con el tiempo perderemos a todo el mundo y no vale la pena perderlos voluntariamente por una estupidez.

(Estoy muy, pero que muy orgullosa de haber criado un serecillo tan dulce como este, le empalague a quien le empalague. Gracias a toda esa gente buena de la que ha tenido la suerte de rodearse casual o intencionadamente, a los que no han querido estar, que también le han enseñado lecciones muy valiosas.)

Orgullo.

Siéntete orgulloso de tus errores, porque te enseñan lo que no debes repetir, siéntete orgulloso de no avergonzarte, de no ser perfecto. Disfruta cada error como lo que es, una lección. Pero sobre todo aprende de ellos, entiéndelos como lo que son, errores. Regodéate lo justo y sigue adelante, a ser posible aprendiendo de la experiencia.

El orgullo es confundido muy a menudo. Pasar por encima de alguien para sentirte mejor no es para sentirse orgulloso, que a veces cuando tú sientes dolor y hieres al causante, te haces daño también a ti. Siéntete orgulloso de errar, porque eso te hace grande, siéntete orgulloso de ceder, porque eso te hace increíblemente mejor. Siéntete honrado por reconocer tu culpa, por valorarlo en su justa medida, ni más, ni menos. Por no arrastrar a nadie en tu caída y elevar a todos en un ascenso.

Erra, aprende, sacúdete el polvo y levanta la cabeza, antes que tú cayeron muchos, pero tú puedes ser quien aparte esa piedra del camino.

miércoles, 11 de enero de 2012

Maldito reloj

Necesito perdonar para perdonarme a mí misma. Necesito olvidar, recordar, necesito tiempo. No por saber que las cosas tienen fin lo esperas, lo aceptas. Hay un largo camino entre el perdón y la aceptación, y por mucho que quiera correr el tiempo no me da tregua. Necesito dejar de hablar y escucharme más, escucharos más. No quiero. No quiero, no quiero.


Cuando más te cierras en banda, cuando más te acorralas, más difícil es salir, escapar,

de lo que al fin y al cabo es inevitable. Todo pasa, sobre todo el tiempo, y hay tiempo de sobra para todo, si se hace a su debido tiempo. No puedes perder el tiempo con el rencor, es recursivo, corrosivo, innecesario, y cuando quieres darte cuenta ha arrancado las agujas del reloj y no queda tiempo para nada más. Párate, reloj. Párate, para.


El único acontecimiento que podemos anticipar, prever, es el final. Siempre hay un final. Pero ¿estamos preparados? ¿Lo estamos? Necesito dejar de posponer todo lo importante, todo lo interno, hay mucho trabajo pendiente, acumulado, antes de poder tan si quiera pronunciar “Adiós”.


Necesito unos días, unas horas, silencio.


Necesito perdonarme por no haber perdonado, necesito pedir perdón. Lo necesito.


Quisiera tener más tiempo y enmendar el tiempo que he perdido, que he tirado, haciendo la imbécil, alimentando mi orgullo ofendido, alimentando basura, fantasmas, patrañas. Nunca, nunca más pienso dejar que me afecten las palabras ajenas, las opiniones sobre terceros. Mis vivencias son mías, que nadie me las robe, las maquille de traumas, las opiniones, las versiones, para las películas, no para mis recuerdos.


Mierda. Nadie más que yo tiene culpa de lo que retiene mi cabeza. Mierda.


Supongo que empezar a ver la viga es todo un mérito, pero no es suficiente, no sirve ni para la “A”. Sólo espero que sea cierto, que el tiempo es una percepción que tenemos nosotros, que no está ahí, aunque nos empeñemos en contar, clasificar, empaquetar, robar. Que desde donde quiera que vayamos a parar se pueda escuchar lo que no se dice, lo que va por dentro. Que sepáis los dos que os quiero, aunque sea tarde en parte. Que aunque al uno ya no se lo pueda decir y la otra a penas se entere aún noto el calor de todos esos abrazos que no os he dado a tiempo, y de todos los que hace tanto que os di que ni recuerdo.


Espero que el reloj no marque las horas, que en el cielo haya angelitos negros y dos millones de gardenias, esperando en el cielo, toda una vida. Y que bailéis juntos toda la eternidad, juntos.


A veces lo que sobra es el tiempo, porque hay cosas que no se deben posponer. Os quiero. Antes, ahora y siempre.