lunes, 26 de enero de 2009

De puntillas

A estas alturas debería ser absurdo plantearse jugar como chiquillos al escondite, pero la vida no tiene emoción si nos privamos de reivindicar los derechos esenciales como el delirio o la risa. No hay nada más gratificante que darse cuenta que aún puedes ir y volver de la inocencia con sólo desearlo, desearlo con la boca y el cuerpo, desearte en cuerpo y boca. ¿cómo puede ser tan inocente algo tan perverso como tu mirada? ¿Cómo puedes con esa sonrisa jugar a ser un niño? El escondite puede ser muy divertido, pero deberías de venir a buscarme. Podrías echar a suertes por donde empezar. Aunque sepas muy bien donde me encuentro juega a tener incertidumbre ante las certezas absolutas.

A estas alturas deberías tener prohibido salir de casa con las cosas claras, y pasar de puntillas por delante de mi puerta por si acaso los mayores te descubren, y pasar de puntillas por mis noches para darme una esperanza de tenerte. Y dices que eres feliz, pero aún ansías un poco, y dices que el tabaco mata y te enganchas a las mentiras. Y me coges de la mano con la firmeza de una idea y lo frágil de un deseo y me dejo llevar por la boca y el cuerpo entero. Estoy contando los segundos para ver por donde anda la tormenta. Quiero empaparme de pies a cabeza y sentir mi cuerpo temblar de frío, de miedo con cada estruendo.

A estas alturas tu único error es tenerlo tan claro, tener claro que es un error. Lo mejor de la vida en sí es el hecho de estar vivos, y el resto ya es demasiado desagradable como para decir que no a una carcajada. Quiero decirte que nunca había estado antes donde estoy ahora contigo. Guárdate algún quizá para mañana, vamos a jugar a mirar por debajo del vestido.

sábado, 24 de enero de 2009

No soporto las noches de viento

No soporto las noches de viento, es como un enemigo sigiloso que te acecha, que te dice que está ahí, persistente, a destiempo. Se disfraza de invisible para que no sepas de donde te vendrá el golpe, me recuerda a alguien malo. Azota la ventana, las puertas, la casa, como furioso de haberse quedado fuera, como diciéndote que piensa entrar cueste lo que cueste, “si el lobo puede, yo también”.

Cierro los ojos y me transporta a la niñez, a Churruca 30, donde las noches se pasaban en vela esperando los golpes, donde en los momentos sosegados en lugar de calmarte te agarrabas con fuerza las rodillas sabiendo que la calma augura tormenta.

Todo lo que tengas cerca se lo lleva a bandazos y te lo arroja a la cara, las pequeñas cosas, como agujas, se te incrustan en la piel y ya pasan a formar parte de ti por siempre. No consigo conciliar el sueño porque todo son pesadillas. Es capaz de arrastrarlo todo dejando tras de sí poco más que tierra y hojarasca. Se lleva las fuerzas, la ilusión, me duelen los huesos.

No soporto las noches de viento, porque nada me ayuda a olvidarlas. Son ruidosas, molestas y por fuerte que me abraces nunca es suficiente.

miércoles, 21 de enero de 2009

Acariciándote los huesos

Me he despertado acariciándote los huesos, olíamos a tierra mojada y el fango nos servía de sábana. Somos como esos enfermos que desesperados se consumen en un intento por exprimir hasta el último de los segundos de sus lamentables vidas. Estamos en lo más bajo, deprimentes, como seres del inframundo que se esconden de la luz y se alimentan de carroña. Esto es sucio, es carroña emocional lo que nos llevamos a la boca, son jirones de piel muerta lo que palpamos entre los dedos y aun así quiero besar cada una de esas líneas de nácar trazadas por un pretérito escarpado en tu piel. La simple idea de lo nuestro me desgarra las entrañas, pero aún me duele más tener que imaginar cómo de frías serán tus manos y no poder notar como erizas mi piel. Me avergüenzo de esto, es tan ruin, tan humillante y a la vez tan poco terrenal.

Hemos tocado fondo y al tiempo me siento como en el cielo, consigues que me evada del resto del mundo, sólo oigo tu respiración, sólo veo tus ojos, estáticos, clavados en los míos, tu nariz juguetea con mi pelo. Se para el tiempo y nada puedo hacer por recordar quien soy, qué está bien y qué está mal o si ya me advertiste que esto no era correcto.

Despierto por fin con la calma de quien se sabe inocente, pero ansiosa por delinquir entre tus manos. Tienes la sonrisa pícara de saberte deseado, te la juegas con tus bromas a llevarte algún mordisco y pareces muy seguro de tu frialdad, pero hay lugares donde tus normas no tienen valor, pequeños espacios de tiempo en los que pierdes la conciencia y yo voy a estar ahí, para saldarme mis tres deseos, porque no voy a perder la oportunidad de descender por tus caderas, me niego a no estremecerme con tus mandíbulas en mi cuello. No pienso morirme sin haberte besado.